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Francisco Cañizares (redactor de la revista Quo)

Cuando estudiaba BUP (el bachillerato actual) me las ingenié para estar exento de las clases de gimnasia, lo que da idea de cuál ha sido mi relación con el ejercicio físico.

Con alguien así ha tenido que vérselas durante un año Roberto. Nos conocimos a propósito de un reportaje periodístico que consistía en someterse durante un año a un tratamiento antienvejecimiento, una terapia en la que el deporte es imprescindible [ver artículo]. Sobre sus espaldas cayó la responsabilidad de diseñar y supervisar mi actividad física dentro y fuera del gimnasio. Y en las de ambos, la suya y la mía, el objetivo de conseguir que mi cuerpo dejara de tener esa apariencia flácida. Era todo un reto porque, se me ha olvidado decirles que mi peso era el normal. El resultado de 365 días de ejercicio físico se ha traducido en una mejora evidente: he ganado 3,5 kilos de músculo, el porcentaje de grasa corporal de mi cuerpo ha pasado del 21% al 16% y el ritmo de pulsaciones por minuto de mi corazón, 52, podría ser el de un deportista profesional. También he descubierto en mi cuerpo músculos que sólo había visto en los libros de Anatomía. ¡Qué subidón el día que Roberto me dijo que los viera en el espejo cuando hacía unos ejercicios!

Pero, al margen de los resultados, lo más importante es que un año de contacto con el deporte ha cambiado mi relación con él. Ha sido una especie de encaprichamiento paulatino. Sí, hoy me apetece ir al gimnasio, como me apetece quedar con el chico que me gusta. Y Roberto ha sido el “celestino” que ha hecho posible que la indiferencia que sentía hacia el ejercicio físico hasta hace un año se haya convertido en una relación más que deseada, indispensable. Hoy es tan natural en mi vida diaria como lo ha sido leer, mi gran afición, durante toda mi vida.

 
       
   

 

 
   

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